Discurso de Mons. Juan José Omella en el Consistorio cardenalicio

Discurso de salutación al Santo Padre pronunciado por el arzobispo metropolitano de Barcelona, Mons. Juan José Omella, en el Consistorio cardenalicio celebrado en la basílica de San Pedro del Vaticano el 28 de junio de 2017

(Traducción al castellano del discurso original pronunciado en italiano)

Santo Padre,

Llegando a Roma por la Vía Casia, San Ignacio de Loyola, San Pedro Fabro y el Padre Diego de Laínez, para ponerse a disposición del Santo Padre Pablo III, rezando en una iglesita aislada, donde el camino hace una curva pronunciada, en la Storta, Ignacio recibió una iluminación de lo alto: “En Roma os seré propicio”. Laínez, años después, recordó el sorprendente comentario que dijo Ignacio tratando de comprender aquella comunicación interior: “No sé qué será de nosotros, quizá seremos crucificados en Roma”. Ignacio no concebía de entrada el favor de Dios en clave de dignidades, sino más bien como el don supremo del martirio.

La memoria de este evento nos ayuda a entender la naturaleza profunda de esta llamada del Señor y de la benevolencia de Su Santidad, para convertirnos en aún más estrechos colaboradores, cum Petro et sub Petro, de vuestra católica solicitud pastoral por toda la Iglesia. A diferencia de los honores mundanos, en la Iglesia no hay otros títulos que aquellos que señalan el camino de un servicio más solícito y más comprometido con el anuncio del Evangelio y el rescate de todos, sobre todo de los más necesitados, en el del nombre del Señor.

El encendido color bermellón que ahora vestimos no sea para nosotros motivo de vanidad, sino memoria agonística de nuestro Redentor, que nos rescató al precio de su sangre. De ahora en adelante, será un signo vocacional de un nuevo despojo de nuestros intereses, para darnos en todo y para todos, hasta que, por amor al Pueblo de Dios y fidelidad al Buen Pastor Jesús y a su Vicario en la tierra, se consuman todos nuestros recursos.

Hemos sido convocados por Vuestra Paternidad Universal de Iglesias geográficamente distantes, pero orgullosas de su fidelidad al Evangelio, en circunstancias no siempre fáciles y en algunos casos hasta dramáticas; testigos de la única Iglesia de Cristo Jesús, que subsiste en comunidades probadas, sea por la pesadumbre de la increencia, sea por la guerra, por la pobreza o que han compartido el dolor por la muerte violenta del propio Obispo por la defensa del Evangelio de los pobres. Ahora la alegría de estos pueblos resuena también en nuestros corazones.

De nuestra parte, nos nace del profundo del corazón la plegaria paulina: Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos. Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor (Ef 1,3-4). Verdaderamente, todo es gracia y todo lo hemos recibido gratuitamente. Por esta razón, queremos volverlo a entregar todo, gastar toda nuestra vida gratuitamente, hacer de ella una oblación eucarística al Padre de toda misericordia en Cristo y en el Espíritu.

Este servicio a la Iglesia y a la humanidad que nos pide Vuestra Santidad, nos lleva a trabajar, rebosantes de alegría y de esperanza, para consignar al mundo la Buena Nueva de Jesús. Sí, es precisamente el tesoro del Evangelio, que, aunque llevándolo pobre y modestamente en vasijas de barro (Cfr. 2Cor 4,7), y, sin embargo, al mismo tiempo empujados por el ansia de un fuego que enciende otros fuegos hasta los confines de la tierra y no se contenta con retenerlo para sí. Caritas Christi urget nos (2Cor 5,14). No queremos ser una Iglesia autorreferencial, queremos ser una Iglesia peregrina por los caminos del mundo, a la búsqueda de todos, escanciando en los corazones de los hombres y mujeres de nuestro tiempo el bálsamo de la alegría y de la paz, secando las lágrimas de tantos y sosteniendo su esperanza, hecha realidad en la reconciliación que nos ha procurado el Hijo de Dios.

Santa María, Madre de Dios y Madre de la Iglesia, nos empuje a estar adheridos al Corazón de Jesús y nos ayude a mirar, unidos a su ministerio petrino, Santo Padre, verdadero gozne de la comunión de toda la Iglesia, como un apretado racimo, con la misma mirada de Jesús vuelta a la humanidad necesidad de consolación.

Gracias, Santo Padre

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