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Una missa

Sovint, creients i no creients, parlen del sentit de la litúrgia i les celebracions. Us oferim una interessant reflexió vivencial de Pilar Rahola publicada avui a 'La Vanguardia'

De golpe la placidez del verano se quiebra por el dolor de un amigo. Ha muerto su hermana, demasiado joven, demasiada vida, demasiado futuro y zas, la muerte, implacable y ciega, se la lleva sin permiso. Y es entonces cuando el ritual del duelo empieza su proceso, pausado, denso, triste, buscando un resquicio por donde entrar el consuelo. Nos encontramos con la familia en la iglesia de Cadaqués, a rebosar de amigos, vecinos, el testimonio de la estima y la convivencia, y, con las primeras evocaciones de mosén Jaume, empieza la liturgia. En ese momento, el ruido se torna silencio y el abigarrado bullicio de la gente deja paso a una solemnidad respetuosa y profunda. Todos los que estamos allí, creyentes o no, quedamos tocados por ese halo espiritual que palpita Santa Maria de Cadaqués, la iglesia que pagaron sus habitantes con las “penes de peix”, pescando por las noches y los días festivos. Sus vestigios, quemados por piratas, datan del XIII, pero la actual empezó a construirse en 1500 y un siglo después, en plena guerra de los segadores, fue consagrada. Y es en este templo de atribulada historia donde acaba de empezar un ritual secular.

Busco fórmulas redundantes para expresarlo –o justificarlo–, pero ninguna es más eficaz que la más simple: me parece muy bella la misa. A pesar de que, como agnóstica confesa –pasada por una escuela de monjas–, tuve mi tiempo de aborrecerla, convencida de estar ante un acto dogmático y, en consecuencia, alienante, ahora soy capaz de respirar el sentido trascendente que emana. Escucho a Jaume An-gelats explicando con reverencia el mensaje bíblico y después llegan los cánticos, los rezos compartidos, el momento mágico del deseo de paz,
el recogimiento de quienes llevan en su boca el cuerpo de Cristo. Puede que no crea en Dios, pero entiendo la enorme fuerza que otorga a quienes creen, y observados en ese punto de intimidad sagrada, me parecen luminosos. Al final llega el padrenuestro, especialmente solemne en un día como hoy, en el que estamos juntos para dar el último adiós a un ser querido. No hay oración más bella para una despedida y es ahí, en ese momento emotivo, donde el ritual de la misa adquiere una intensidad trascendente y bella. Salimos de Santa Maria para culminar el ritual del duelo.

Abrazamos a la familia, empáticos con su dolor, saludamos a los conocidos y retornamos a casa, tan seguros y tan desconcertados como entramos en la iglesia. Pero en cierto sentido, si me permiten la confesión, el ritual que hemos compartido nos ha otorgado ­algo de paz, algo de luz, un poco de sentido. Y aunque el concepto de Dios no nos apela a todos los presentes, y algunos volvemos a casa tan asustados y solos ante la muerte como siempre estuvimos, ese ritual de siglos nos ha dado un momento de calma. Victor Hugo escribió que los ojos sólo pueden ver bien a Dios a través de las lágrimas. Quizás.

Pilar Rahola


Publicado en La Vanguardia, 26 de julio de 2016

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