Pàgina d'inici > Noticies

La polifonia de la Fe: la JMJ arriba a Barcelona

[TRADUCCIÓ PENDENT] La Jornada Mundial de la Juventud ha llegado a Barcelona. En su multiforme peregrinaje hacia Madrid, muchos jóvenes están encontrando en la Ciudad Condal un prólogo y un trampolín privilegiado para la fiesta humana y divina a la que se dirigen. Barcelona es puerta peninsular, y los viajeros de la fe que llegan […]

[TRADUCCIÓ PENDENT]

La Jornada Mundial de la Juventud ha llegado a Barcelona. En su multiforme peregrinaje hacia Madrid, muchos jóvenes están encontrando en la Ciudad Condal un prólogo y un trampolín privilegiado para la fiesta humana y divina a la que se dirigen. Barcelona es puerta peninsular, y los viajeros de la fe que llegan a España con el rostro tatuado por las noches en el autobús, no quieren renunciar a la sana tentación de pasar unos días en la ciudad de Gaudí, del mar y las montañas, del gótico y el modernismo. El cielo de Barcelona ha extendido sus mejores galas para recibir a estos turistas peculiares. También la Iglesia de Barcelona ha querido facilitar la estancia de estos viajeros alegres, que desembarcan en la capital catalana con su vida recién estrenada, sus mochilas repletas de inquietudes y sus banderas de rebeldía. La diócesis barcelonesa ha pretendido ser fiel a las famosas palabras cervantinas, y convertir Barcelona en “archivo de cortesía”, “albergue de extranjeros”, “patria de valientes” y “correspondencia grata de firmes amistades”. Así, ha facilitado el alojamiento y ha preparado un programa para que estos buscadores de Dios encontraran en la Ciudad Condal una oportunidad de enriquecimiento humano y de progreso cristiano.

El viernes llegaron miles de peregrinos. La mayoría, en autocar, desde Francia, Italia, Alemania, Ucrania, Rumanía. Llegaban en grupos numerosos al paseo María Cristina, donde la organización les esperaba y distribuía por la ciudad. La primera impresión de Barcelona era notable. A un lado de la avenida, la Plaza España, con sus torres de vigía, su fuente monumental y su plaza de toros reconvertida en centro comercial. Al otro lado, el Palacio de Montjuïch, sede de la exposición universal de 1929. Pero lo que más llamaba la atención de los recién llegados era el ambiente festivo con el que se les recibía en el Palacio de Congresos. Un grupo de voluntarios, enfundados en unas camisetas naranja chillón, les daban una sorprendente bienvenida. No podían sino agradecerlo aquellos que llevaban horas embutidos en el autobús y, una vez en suelo firme, debían esperar a recibir las credenciales y los materiales. Los jóvenes voluntarios se habían traído unos altavoces, y recibían a los llegados bailando canciones de moda. Hasta la hora de comer no pararon estos veinte chicos y chicas de parroquias de Sant Andreu de saludar al ritmo de la música a los recién llegados. Los italianos se sumaban encantados al baile. También un grupo de surafricanos, que hacían escala de algunos días en Barcelona en su viaje a Madrid. Los franceses, en cambio, observaban el espectáculo con algo más de distancia. Cada cual, pues, según su estilo.

A lo largo de la mañana del viernes fueron pasando por el Palacio de Congresos decenas de grupos, que sumaban miles de peregrinos. Había expediciones pequeñas, y otras nutridas por centenares. Muchos aparecían con un distintivo común, como camisetas o gorras. Pero cada grupo era un mosaico de historias y narrativas muy distintas. Sólo hacía falta conversar un momento con los viajeros para descubrir el colorido abanico de experiencias y expectativas con los que estos jóvenes se dirigían a Madrid. Uno comprendía pronto que la Jornada Mundial de la Juventud es un punto de engarce donde se enhebran las biografías más diversas. Trayectorias pasadas y futuras distintas se dan cita y se reúnen convocadas por un mismo punto de fuga. Quien esto escribe se dedicó unas horas a charlar con los jóvenes. Y esto es lo que oyó.

A Andreas lo encontramos en realidad antes de llegar a la Avenida María Cristina. Topamos con él y con su grupo en el tren. Provenían de una parroquia alemana, de un pueblecito cercano a Colonia. Venían 70. Habían llegado el día anterior y pasado la noche en la Parroquia Verge de la Pau. Iban prototípicamente vestidos de turistas. Algo les distinguía: todos se protegían bajo un sombrero veraniego con una franja con los colores de la bandera alemana. Se disponían a disfrutar de unas horas de playa. Abordamos a Andreas, joven de 18 años, hijo de la posmodernidad, esencialmente barroca y sentimental. ¿Por qué vas a Madrid?, le inquirimos. “Para sentir la fe”, respondió.

Entre los peregrinos que fueron desfilando por los mostradores del Palacio de Congresos, llamó especialmente la atención un grupo de Sudáfrica. Eran veinticinco y llevaban tiempo buscando fondos para pagarse el viaje. Ahora, recién llegada a Barcelona, la negra Bianca aseguraba sentirse “emocionada”. Tenía ganas de “comprar y bailar” en Barcelona. Pero no era simplemente un impulso lúdico lo que le había traído a la Jornada. Después de pensarlo un poco, la joven desgranaba una respuesta muy completa sobre los motivos que le habían llevado a emprender el viaje. Ella venía a “dejar que Jesús trabaje, encontrar otra gente, visitar España y ver al Papa”. Era difícil decir más en menos palabras. Su amigo Jon-Ross se expresaba algo más carismáticamente: “Dios me está llamando a venir a España”. Entre todos los grupos que se acercaron a la Avenida María Cristina, el de Sudáfrica fue, sin duda, el que mejor conectó con los jóvenes bailadores de la entrada.

La ilusión por conocer otra gente y por compartir la vivencia de la fe se cuenta entre los motivos de muchos de los peregrinos. Pier Francesco y Ciara son dos jóvenes turineses de dieciséis años. Despiertan a la vida. Ellos no han temido sumarse al grupo que baila. Les preguntamos qué esperan de su estancia en Barcelona. Ciara nos explica que tienen ilusión en “estar juntos todos los amigos, visitar la Sagrada Familia y conocer nueva gente”. “Especialmente chicas”, añade Pier Francesco, agudo y socarrón. También del norte de Italia es Mattia, un chico de quince años. No son, sin embargo, quince años atolondrados. El joven transmite madurez. Le encantan los museos y espera visitar algunos de renombre en Barcelona. Tiene, también, una ilusión muy concreta: poder acercarse a una tienda del Barça y llevarse de recuerdo una camiseta. Pero ese no es el eje de su viaje. Se ha animado a ir a Madrid con un grupo amplio de jóvenes católicos porque “me encanta esta atmósfera. Soy católico y me parece que esta experiencia es muy importante para mi futuro”. Estaría contento de escucharle Arrio Miglio, Obispo de Irrea (Piamonte), que encabeza una expedición con casi doscientas personas. Tiene claro lo que espera de estas jornadas: “Que los jóvenes vuelvan a Irrea más testigos de la fe, más fuertes como testigos del Evangelio”.

No sólo los adolescentes van a Madrid. También pueden encontrarse muchos jóvenes universitarios. Camile, de París, lleva dos años preparándose para entrar en una École Normale Supérieure. Las notas se lo permiten, pero finalmente ha decidido estudiar administración de empresas en una universidad común. Viaja con ilusión a Madrid. “En los últimos dos años no he tenido mucho tiempo para rezar ni para hablar con mis amigos”. La JMJ le permitirá desquitarse y recuperar tiempo perdido. Ella, como la gran mayoría, no ha estado antes en ninguna otra Jornada Mundial de la Juventud. Pero el encuentro tampoco es una novedad absoluta. Muchos veranos, ha asistido en Francia a un encuentro de jóvenes católicos. De más lejos viene Rodrigo, joven salvadoreño. Por internet se enteró su grupo de que en Barcelona se organizaba una “previa” al gran encuentro de Madrid. Y aquí está, dispuesto a conocer la “historia y la cultura” de la ciudad. ¿Es caro, el viaje? –le inquirimos. “Sí, pero merece la pena. Y es un orgullo demostrar que uno puede viajar sólo por Cristo”. Alto y grande, Rodrigo nos habla convencido: “vengo a engrandecer mi crecimiento espiritual junto a los jóvenes del mundo, al lado del Papa”.

T'interessarà ...

El més llegit