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Intervenció del Cardenal al Sínode

[TRADUCCIÓ PENDENT] Intervención del Sr. Cardenal Arzobispo de Barcelona, Dr. Lluís Martínez Sistach, en las sesiones de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos de octubre de 2012 Ante todo desearía indicar que el trabajo de la nueva evangelización promovido por el Pontificio Consejo para la promoción de esta tarea y el […]

[TRADUCCIÓ PENDENT]

Intervención del Sr. Cardenal Arzobispo de Barcelona, Dr. Lluís Martínez Sistach, en las sesiones de la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos de octubre de 2012

Ante todo desearía indicar que el trabajo de la nueva evangelización promovido por el Pontificio Consejo para la promoción de esta tarea y el “Atrio de los Gentiles”, promovido por el Pontificio Consejo para la Cultura, son plenamente compatibles y necesarios en las sociedades europeas occidentales. Este año en Barcelona hemos celebrado la “Misión Metrópolis” y el “Atrio de los Gentiles”, en fechas distintas, dirigidas estas dos iniciativas a personas en situación religiosa distinta.

Fijándome más en concreto en la nueva evangelización, el arraigo del Evangelio en entornos secularizados plantea unos retos distintos a los que supone comunicar la Buena Nueva de Cristo en entornos que no han vivido la experiencia de la Modernidad y el proceso de Ilustración.

Conviene identificar algunos criterios para desarrollar la nueva evangelización con el fin de contribuir a su óptimo desarrollo. De entrada, resulta esencial identificar las suspicacias, incomprensiones o prejuicios que puede despertar la tesis de una nueva evangelización. Para superar tales escollos, hay que tener en cuenta que nueva evangelización quiere decir, una respuesta adecuada a los signos de los tiempos, a las necesidades de los hombres y de los pueblos de hoy, a los nuevos escenarios que diseñan la cultura a través de la cual expresamos nuestras identidades y buscamos el sentido de nuestras existencias.

La necesidad de sentido es una constante metafísica y experiencial en el ser humano. Todo ser humano, por el mero hecho de serlo, anhela vivir una existencia con sentido, con un significado, una vida bella, buena, verdadera y unitaria. Evangelizar es proponer la vida en Cristo, identificar un horizonte de sentido, una razón por la que merezca la pena vivir, más aún, es poner la existencia en las manos de Dios.

Para que la nueva evangelización tenga viabilidad, resulta esencial conectar empáticamente con el destinatario, identificar sus necesidades y sus anhelos de felicidad y proponer la Palabra revelada de Dios como una propuesta de sentido que transforma radicalmente la vida, la libera de sus servidumbres y la pacifica interior y exteriormente.

Sólo puede articularse correctamente la nueva evangelización si, además, se comprenden correctamente los nuevos escenarios sociales y culturales, si se auscultan detenidamente los signos de los tiempos y si somos capaces de entrever las condiciones de posibilidad de la misma, los intersticios y las opacidades, esto es, los pasillos que permiten conectar el emisor del evangelio con el receptor del mismo, pero también los obstáculos e interferencias que previsiblemente tendrán lugar en el proceso de la nueva evangelización.

Un dato claramente perceptible en el entorno o contexto de la evangelización es la rápida transformación que ha sufrido nuestro mundo en pocas décadas. Pensemos en los gigantescos avances de la ciencia y de la técnica, en la ampliación de las posibilidades de vida y de los espacios de libertad individual, en los profundos cambios en el campo económico, en el proceso de mezcla de etnias y culturas causado por fenómenos migratorios de masas, y en la creciente interdependencia entre los pueblos.

Un segundo dato muy relevante que se detecta en el entorno en el que nos hallamos es la heterogeneidad de situaciones y de destinatarios, lo que significa que el proceso de evangelización debe articularse de un modo diversificado, pues cada receptor exige un lenguaje adaptado a su situación y cada contexto requiere un tratamiento específico de la propuesta de la fe cristiana. El Papa ha dicho que: “La diversidad de situaciones exige un atento discernimiento; hablar de ‘nueva evangelización’ no significa tener que elaborar una única forma igual para todas las circunstancias”[1].

Esta articulación de lo esencial adaptado a cada entorno social y a las situaciones personales exige una labor creativa, imaginativa una capacidad de arraigo y de penetración que sólo es posible si se desarrolla la evangelización a través de comunidades creativas que se ayuden mutuamente en tal labor. No basta con la buena voluntad. No basta con las herramientas del pasado. Los nuevos entornos culturales y tecnológicos, exigen nuevos lenguajes, nuevas formas de diálogo y de testimonio que suponen audacia por parte del emisor.

La nueva evangelización exige un diálogo profundo con los hombres y mujeres de hoy, un diálogo sobre lo esencial, sobre lo que verdaderamente importa. Es fundamental, pues, conectar con esta búsqueda de sentido y de belleza, de justicia y de paz, dado que esta búsqueda es ya un preámbulo de la fe, un punto de partida de la misma. Todavía no es la fe, pero en tal búsqueda hay un indicio de fe, un esbozo, una predisposición a escuchar. Así, la crisis global que padecemos, la deconstrucción de las últimas ideologías y la búsqueda de las “nuevas formas de espiritualidad” son un punto de partida que prepara el terreno para una nueva escucha y para un esfuerzo de diálogo.

Como nos recuerda el Santo Padre,“no podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico ‘preámbulo’ de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios”[2]. En este sentido, creo que la belleza singular y la simbología religiosa de la Basílica de la Sagrada Familia de Barcelona conducen a muchos visitantes a la Belleza y les acerca a Dios.

Para poder sembrar la semilla de la fe, es fundamental preparar el terreno. Si la semilla es muy bella y muy potente, pero se vierte en una superficie impermeable, estéril, seca y pedregosa, no subsistirá y todo su potencial se perderá. La nueva evangelización requiere de un delicado cuidado de los preambula fidei, una interpretación de la sed espiritual que emerge en tantos sectores de las nuevas formas de espiritualidad, de la nostalgia de Dios que hay en todo ser humano, del deseo de vivir una vida noble y con sentido, de hallar una razón por la cual merezca la pena darlo todo.

El Papa, hablando del “Atrio de los Gentiles”, nos ha dicho que “los creyentes tenemos que preocuparnos de que el hombre no arrincone la cuestión de Dios, cuestión esencial de su existencia. Tenemos que preocuparnos de que acepte la cuestión y la nostalgia que en ella se esconde”[3].

Proponer a Cristo en el mundo significa dar testimonio de Él en la vida personal y en la vida pública, pero de tal modo, que este testimonio sea presentado como un horizonte creíble y razonable, una propuesta que libera y pacifica; un acontecimiento que transforma positivamente a la persona y a la comunidad.

La fe, como nos dice la encíclica Deus caritas est es, esencialmente, un encuentro interpersonal, íntimo y secreto con Cristo. Evangelizar es, al fin y al cabo, propiciar este encuentro, suscitarlo y crear las condiciones para que tenga lugar. Este encuentro en la fe depende sobre todo de la gracia de Dios, pero el testimonio de cada cristiano puede propiciarlo y sugerirlo con palabras y gestos, con su propia experiencia.

Si el receptor de la evangelización detecta que el cristiano vive su fe como una fuente de felicidad y de paz; si observa que tal experiencia le transforma y le da serenidad, el receptor experimentará interés y deseo de vivir este encuentro; sentirá ilusión por acercarse a Dios. La alegría y el entusiasmo, que nacen de las profundidades del ser, no se pueden imponer; tampoco se crean artificialmente. Se manifiestan espontáneamente, por convicción. La nueva evangelización requiere de cristianos que sean capaces de irradiar este entusiasmo en la sociedad, de dar testimonio del entusiasmo que emana de sentirse amado incondicionalmente por un Dios, cuya naturaleza es Amor. (Deus caritas est).

Y sobre todo que sean hombres y mujeres que vivan la fe y que estén convencidos de que se llega a la fe por un don de Dios y que por ello sólo el Señor por medio del Espíritu Santo puede abrir los corazones a la Palabra de Dios como ocurrió en el caso de Lidia, al escuchar las palabras de San Pablo, según narra el libro de los Hechos de los Apóstoles.


[1] Ubicumque et semper.

[2] Porta fidei, 10.

[3] Discurso de Benedicto XVI a la curia romana para el intercambio de felicitaciones con ocasión de la Navidad, 21.XII.2009.

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