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Homilia de Benet XVI del Dimecres de Cendra

[TRADUCCIÓ PENDENT] El sentido del signo de la ceniza cuaresmal Queridos hermanos y hermanas; Con este día de penitencia y de ayuno -el Miércoles de Ceniza- comenzamos un nuevo camino hacia la Pascua de Resurrección: el camino de la Cuaresma. Quisiera detenerme brevemente y reflexionar sobre el signo litúrgico de la ceniza, signo material, elemento […]

[TRADUCCIÓ PENDENT]

El sentido del signo de la ceniza cuaresmal

Queridos hermanos y hermanas; Con este día de penitencia y de ayuno -el Miércoles de Ceniza- comenzamos un nuevo camino hacia la Pascua de Resurrección: el camino de la Cuaresma. Quisiera detenerme brevemente y reflexionar sobre el signo litúrgico de la ceniza, signo material, elemento de la naturaleza, que en la Liturgia se vuelve un símbolo sagrado, muy importante en este día que da comienzo al itinerario cuaresmal.

Antiguamente, en la cultura hebraica, era muy común cubrirse la cabeza con ceniza, como signo de penitencia, junto con vestirse de sayal o de trapos. Sin embargo, para nosotros los cristianos, hay este único momento, que además tiene una notable relevancia ritual y espiritual. Ante todo, la ceniza es uno de esos signos materiales que implican al cosmos en la Liturgia. Los principales son evidentemente los de los Sacramentos: el agua, el óleo, el pan y el vino, que se vuelven verdadera y propia materia sacramental, instrumento a través del cual se comunica la gracia de Cristo, que llega hasta nosotros.

Pero, en el caso de la ceniza, se trata de un signo no sacramental, aun permaneciendo ligado a la oración y a la santificación del Pueblo cristiano: en efecto, se prevé, antes de la imposición individual en la cabeza, una bendición específica de la ceniza – que realizaremos dentro de poco – con dos fórmulas posibles. En la primera, la ceniza se define como ‘austero símbolo’; en la segunda se invoca directamente sobre ella la bendición y se hace referencia al texto del Libro del Génesis, que puede acompañar también el gesto de la imposición:«¡Recuerda que eres polvo y al polvo volverás!». (Gn 3,19) Detengámonos un momento en este pasaje del Génesis. Concluye con el juicio pronunciado por Dios después del pecado original: Dios maldice a la serpiente, que hizo caer en el pecado al hombre y a la mujer; luego castiga a la mujer anunciándole los dolores del parto y una relación desigual con su marido; finalmente, castiga al hombre, le anuncia la fatiga del trabajo y maldice el suelo. «¡Maldito sea el suelo por tu culpa!» (Gn 3,17), por causa del pecado.

Por lo tanto, el hombre y la mujer no son maldecidos directamente, como lo es la serpiente, sino por causa del pecado de Adán, es maldecido el suelo, de donde fue sacado. Volvamos a leer la magnífica narración de la creación del hombre de la tierra: «Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente. El Señor Dios plantó un jardín en Edén, al oriente, y puso allí al hombre que había formado» (Gn 2,7-8). He aquí, pues, que el signo de la ceniza nos vuelve a llevar al gran cuadro de la creación, en el que se dice que el ser humano es una singular unidad de materia y de soplo divino, a través de la imagen del polvo del suelo plasmado por Dios y animado por su aliento de vida, soplado en la nariz de la nueva criatura.

Podemos observar cómo en la narración del Génesis el símbolo del polvo sufre una transformación negativa debido al pecado. Mientras que, antes de la caída, el suelo es una potencialidad totalmente buena, regada por un manantial (Gn 2,6) y capaz, por obra de Dios, de germinar «toda clase de árboles, que eran atrayentes para la vista y apetitosos para comer» (Gn 2,9), después de la caída y la consiguiente maldición divina, el suelo producirá «cardos y espinas» y sólo a cambio de «dolor» y «sudor de la frente» concederá al hombre sus frutos (cfr Gn 3, 17-18). El polvo de la tierra no recuerda ya el gesto creador de Dios, todo abierto a la vida, sino que se vuelve signo de un inexorable destino de muerte: «¡Porque eres polvo y al polvo volverás!». (Gn 3,19).

Es evidente en el texto bíblico, que la tierra participa de la suerte del hombre. En este contexto, san Juan Crisóstomo dice en una homilía suya: «Mira cómo, después de su desobediencia, todo le es impuesto al hombre, de modo contrario a su precedente estilo de vida» (Homilías sobre el Génesis 17, 9: pag 53, 146). Esta maldición del suelo tiene una función medicinal para el hombre, que debería ser ayudado por las «resistencias» de la tierra a mantenerse en sus límites y reconocer su propia naturaleza (cfr ibid.). Así, con una bella síntesis, se expresa otro antiguo comentario: «Adán fue creado puro por Dios, para su servicio. Todas las criaturas le fueron concedidas para servirlo. Él estaba destinado a ser el señor y rey de todas las criaturas. Pero, cuando el mal llegó a él y conversó con él, él lo recibió por medio de una escucha externa. Luego, penetró en su corazón y se adueñó por entero de su ser. Al ser capturado de esta forma, la creación, que lo había asistido y servido, fue capturada con él». (Pseudo – Macario, Homilías 11, 5: pag 34, 547).

Decíamos hace poco, citando a Crisóstomo, que la maldición del suelo tiene una función «medicinal». Ello significa que la intención de Dios, que es siempre benéfica, es más profunda que su misma maldición. Ésta, en efecto, se debe, no a Dios, sino al pecado, pero Dios no puede no infligirla, porque respeta la libertad del hombre y sus consecuencias, aun negativas. Por lo tanto, en el castigo y también en la maldición del suelo, permanece una intención buena que viene de Dios. Cuando Él dice al hombre: «¡eres polvo y al polvo volverás!», junto con el justo castigo quiere también anunciar un camino de salvación, que pasará justo a través de la tierra, a través de ese «polvo», de esa «carne», que será asumida por el Verbo. Es en esta perspectiva salvífica que la palabra del Génesis es recordada por la Liturgia del Miércoles de Ceniza: como invitación a la penitencia, a la humildad, a tener presente la propia condición mortal, pero no para acabar en la desesperación, sino más bien para acoger, justo en esta nuestra mortalidad, la impensable cercanía de Dios, que, más allá de la muerte, abre el pasaje a la resurrección, al paraíso finalmente reencontrado. En este sentido, nos orienta un texto de Orígenes, que dice: «Lo que inicialmente era carne, de la tierra, un hombre de polvo (cfr 1 Cor 15,47), y fue deshecho a través de la muerte y de nuevo hecho polvo y ceniza –en efecto está escrito: eres polvo y al polvo volverás – viene hecho resurgir de nuevo de la tierra. Luego, según los méritos del alma que habita el cuerpo, la persona avanza hacia la gloria de un cuerpo espiritual». (Sobre Principios 3,6,5: 268, 248).

Los «méritos del alma», de los que habla Orígenes, son necesarios; pero son fundamentales los méritos de Cristo, la eficacia de su Misterio pascual. San Pablo nos ofrece una formulación sintética en la segunda lectura: «A aquel que no conoció el pecado, Dios lo identificó con el pecado en favor nuestro, a fin de que nosotros seamos justificados por él» (2 Cor 5,21). La posibilidad para nosotros del perdón divino depende esencialmente del hecho de que Dios mismo, en la persona de su Hijo, ha querido compartir nuestra condición, pero no la corrupción del pecado. Y el Padre lo ha resucitado con el poder de su Santo Espíritu y Jesús, el nuevo Adán, se ha vuelto «un ser espiritual que da la Vida» (1 Cor 15,45), la primicia de la nueva creación. El mismo Espíritu que ha resucitado a Jesús de entre los muertos puede transformar nuestros corazones, de corazones de piedra en corazones de carne (cfr Ez 36, 26). Lo hemos invocado hace poco con el Salmo Miserere: «Crea en mí, Dios mío, un corazón puro, y renueva la firmeza de mi espíritu. No me arrojes lejos de tu presencia ni retires de mí tu santo espíritu» (Sal 51, 12-13).

Aquel Dios que expulsó a nuestros progenitores del Edén ha mandado a su Hijo a nuestra tierra devastada por el pecado, no lo reservó, con el fin de que nosotros, hijos pródigos, podamos volver, arrepentidos y redimidos a su misericordia, en nuestra verdadera patria. Así sea, para cada uno de nosotros, para todos los creyentes, para cada hombre que humildemente se reconoce necesitado de salvación. Amén.

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